La noche en Paral·lel 62 no fue un simple concierto: fue un pequeño ritual urbano, una constelación sonora donde Trizoma desplegó su lenguaje con precisión y fuego interno. Dentro del ciclo Veus de l’Abya Yala, la propuesta del ensamble no solo dialogó con la memoria latinoamericana, sino que la reimaginó desde una sensibilidad contemporánea, híbrida y profundamente encarnada.
El recorrido comenzó con “Gracias a la vida”, pero lejos de cualquier lectura predecible, la pieza emergió como un ritual mexicano atravesado por la electrónica. La textura sonora parecía venir de dos tiempos a la vez: lo ancestral y lo digital, lo telúrico y lo suspendido. La voz no cantaba “hacia afuera”, sino que parecía invocar algo hacia adentro. La electrónica, sutil pero presente, no decoraba: respiraba.
Luego, “Júrame” inició en un territorio de cuerdas íntimas, casi camerístico, donde el violín y el cello tejían una atmósfera contenida. Pero la sorpresa llegó como un giro de luz: la pieza mutó hacia un gypsy jazz vibrante, juguetón, liberando una energía que contrastaba con la solemnidad inicial. Fue como ver a la canción quitarse un vestido antiguo y salir a bailar descalza.
Con “Bésame mucho”, el escenario se transformó en un salón de penumbra elegante. El tango apareció no como cliché, sino como lenguaje emocional preciso. La interpretación evitó el exceso y encontró una sensualidad contenida, casi suspendida en el aire. Cada silencio tenía intención, cada frase parecía medir el pulso de quienes escuchaban.
El cierre con “Para qué tanto llorar”, también en clave de tango, terminó de consolidar el arco narrativo del concierto. Aquí no hubo caída, sino una especie de afirmación serena. La melancolía se transformó en algo más luminoso, más consciente. No era el llanto el protagonista, sino lo que queda después.
Hay un gesto curatorial poderoso en la elección del repertorio: todas las piezas son de compositoras mujeres, y Trizoma no las interpreta desde la nostalgia, sino desde la relectura viva, actual, necesaria. No es homenaje estático, es conversación activa.
El ensamble, conformado por guitarra y voz, violín, voz y electrónica (Valeria Espinoza Galán) y cello y percusión (Daniel Colorado), funciona como un organismo único. No hay jerarquías evidentes, sino una escucha constante que permite que la música respire con naturalidad. Cada integrante sostiene y transforma el discurso en tiempo real.
Lo que ocurrió esa noche fue más que una sucesión de piezas: fue una arquitectura emocional cuidadosamente construida, donde cada estilo, cada transición y cada silencio tenían un propósito. Trizoma no ofrece versiones: ofrece relecturas que abren grietas, por donde se cuela algo nuevo.
Y cuando todo terminó, quedó esa sensación extraña y valiosa: la de haber estado dentro de algo que no se repite igual dos veces. Una experiencia que no se consume, sino que se queda resonando.



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